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domingo, junio 06, 2010

Y ENTONCES...CON EL TERREMOTO QUEDARON PILUCHAS LAS IDEOLOGÍAS.

ENTONCES…

O

EL TERREMOTO QUE DESNUDA A LAS IDEOLOGÍAS

O

DE CUANDO LAS IDEOLOGÍAS SE TERREMOTEAN Y DEJAN AL DESNUDO LA DURA REALIDAD DEL PODER.

Muchas veces las elucubraciones ideológicas llevan a fantasear lejos del pedestre campo de la realidad de las cosas políticas.
Eso es algo que tienen mucho en común algunas ideologías que aparecen como muy contrapuestas.
Y es el caso de todas las que manifiestan un discurso en contra del Estado:
- tanto la privatizadora ideología neoliberal que quiere jibarizar el máximo posible al Estado para que no interfiera en la libre circulación del capital en un mercado mundial sin fronteras,
- como la ideología anarquista que demoniza al Estado como un represor absoluto al que hay que hacer saltar por los aires, e incluso
- como la ideología marxista-leninista que sueña con que se pueda llegar a un mundo sin clases ni estados (y ello a pesar de que su metodología sea clasista y su practica sea estatista: exacerbando la burocratización del Estado supuestamente para ponerlo al servicio de una clase social que haría desaparecer a todas las otras clases para ahí disolver al Estado, pero que en realidad crearía una nueva clase, la Nomenklatura, por sobre todas las demás clases y con derecho de propiedad colectivo sobre todo el Estado).

Pero más allá (o más acá) de esos fantaseos ideológicos existen los momentos dramáticos, hay situaciones límite, en las que se pone a prueba lo que es realmente importante e incluso imprescindible, y en las cuales se pone en evidencia todo aquello que es meramente secundario e incluso ornamental.
Es lo que Chile ha experimentado –nuevamente- con el terremoto del 27 de febrero de 2010 (nuestro 27 F) y el tsunami y serie de réplicas sísmicas posteriores.
El historiador Erwin Robertson saca lecciones de ésta reciente experiencia histórica del pueblo chileno (artículo “De políticos y técnicos , o las tentaciones de la reconstrucción” en la revista Ciudad de los Césares N° 88, CC88) haciendo ver que cuando un pueblo llega a un punto semejante, a una situación límite como la catástrofe sísmica del 27 F, en la practica esas ideologías se derrumban (la neoliberal, la anarquista, la pacifista, la marxista), dejando por el suelo todas las instituciones decorativas que le han cargado al Estado.
Cuando nadie sabe lo que pasa, cuando todos tienen miedo, cuando no hay modo en que alguien ejerza el gobierno, cuando ninguna institución democrática reacciona eficazmente frente a la emergencia, cuando la turba descontrolada saquea todo lo que encuentra a su paso, cuando los comerciantes sobrevivientes cobran lo que quieren a los demás sobrevivientes, cuando no hay nadie que diseñe como reconstruir el país, entonces, sí ENTONCES, “se echa de menos” al Estado, a la presencia real del Estado, a un efectivo aparato del Estado, a un Estado en acción, a un Estado que actúe sin discusión alguna. Se echa de menos a ese Estado al que algunos quieren reducir a la nada o a lo mínimo posible. Y no queda más opción que reconocer –aunque sea de malas ganas- “que es la fuerza de las armas lo que sustenta, en último término, todo orden social” (CC 88, p. 2).
Fueron los militares los que –con sus uniformes y con sus armas- restablecieron el orden que había sucumbido con el 27 F, haciendo posible que el gobierno volviera a gobernar; ellos, los militares de Chile, restablecieron la tranquilidad y la paz en los vastos territorios devastados, ellos fueron los que hicieron sentir a los damnificados, abandonados a su suerte, que el Estado de Chile estaba presente, que a pesar de todo seguía existiendo; ellos llevaron los víveres, las viviendas de emergencia, los medicamentos, terminaron con los saqueos, pusieron límites a los comerciantes especuladores; ellos, los militares de Chile (y los carabineros en Chile a fin de cuentas también son militares), fueron los que, con sus uniformes y sus fusiles, se desplegaron sobre el territorio afectado y lo controlaron, permitiendo que el Estado volviera por sus fueros y la gente retornara a sus vidas, comenzando a recuperar poco a poco su normalidad habitual.
Así, cuando llegan a derrumbarse las ornamentaciones con las que se ha revestido al Estado para hacerlo grato a los fantaseadores, lo que queda a la vista son los cimientos desnudos y duros sobre los cuales se sostiene el orden social y el Estado: LA FUERZA Y EL PODER DE LAS ARMAS.


PETRAS, Finis Terrae, junio del 2010.

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